Exponente del huapango-indie son folk-jarocho, Macario es un mexicano que — hablando de la semana del arte en CDMX — también ha presentado su obra audiovisual en Zona Maco en 2018.
Pero también fue barrendero y trabajó en KFC. Su historia es muy interesante.
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Esta banda, ILLIT, es un producto de una empresa llamada Be:Lift Lab, que se (auto)define como una productora respetuosa de sus artistas-trabajadores. Esa insistencia en el "respeto" no es casual: funciona como un reconocimiento implícito de la sobreexplotación sistemática de los chavos dentro de la industria del K-pop, un engranaje más del capitalismo cultural global.
Not Cute Anymore plantea una ruptura consciente con el mandato del cuteness, una rebeldía suave pero ideológicamente clara, expresada en líneas como:
"강아지보단 난 느슨한 해파리가 좋아 (uh-uh)"
(Más que un perrito, prefiero una medusa floja, sin tensión).
O esta otra imagen, que subvierte el fetiche de lo exclusivo:
"한정판 콩국수 matcha보다 고소해"
(Más sabroso que un kongguksu de matcha de edición limitada).
Uno de los momentos más logrados llega con esta alusión al cine como vía de escape ante la presión cotidiana:
"When I get super stressed, 공포영화 좀 볼까?"
(Cuando estoy súper estresada, ¿me veo una película de terror?).
En el fondo, lo que asoma es una contradicción conocida: un discurso de autonomía y desapego producido desde una maquinaria que vive de lo contrario. Ojalá llegue el día en que ILLIT no solo cante sobre la liberación, sino que se apropie de los medios de producción musical.
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Babanogú es una bandísima de Toronto: jazzistas de vocación y de disciplina. No hacen jazz como pose ni como adorno estético, sino como oficio colectivo, entendido desde la escucha y el trabajo en conjunto. Colaboran con distintas voces (su EP junto a Baby Rose merece mención especial y ser escuchado varias veces), siempre desde una lógica de diálogo y no de protagonismo individual.
La pieza que nos ocupa es una rolita de buen clima, expansiva, cargada de texturas, pensada para dejar espacio a que los músicos se expresen y se luzcan sin competir entre ellos. Aquí no hay prisa ni fórmulas prefabricadas: hay tiempo, respiración y estructura.
V.C.R., la vocalista, no falla una sola nota y se apoya en formas clásicas del jazz más tradicional: un tema central bien definido y el posterior bailoteo, libre pero consciente, alrededor de esa columna vertebral. Es variación, no dispersión; movimiento con sentido.
Si tienen audífonos, pongan atención al bajo. Ahí está el pulso real, el trabajo humano, la decisión tomada en tiempo presente. Eso, camaradas, no lo puede hacer la inteligencia artificial.
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Dos artistas canadienses, Charlotte Day Wilson y Saya Grey, acaban de publicar Lean hace un par de semanas. Wilson (torontiana y colaboradora habitual de Bababogú, see above) se acompaña aquí de Grey, una de las revelaciones recientes en los Juno Awards.
Lean se desplaza hacia un terreno más electrónico que otros trabajos de Wilson, quien suele moverse dentro del R&B. Ese corrimiento responde a una búsqueda sonora concreta, más fría en la superficie, pero igual de densa en intención como el mundo en el que vivimos: frío y denso en intenciones.
El contrapunto que ambas construyen a partir del minuto 2:30, y que reaparece con mayor intensidad aproximadamente un minuto después, es particularmente destacable. Ahí la canción se abre, se tensa y se reorganiza. Un deleite para quien todavía escucha con atención.
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El Camarada Benito, con una bonita salsa. Evoca nostalgia, amor, sentimientos que se yuxtaponen (palabra oficial de la semana del arte en CDMX) a la fogosidad del reggaeton.
Grammy al mejor Álbum, show de medio tiempo en el SuperBowl, imagen de Calvin Klein, películas con Brad Pitt… Bad Bunny, más imparable que el conejito de Energizer.
Y en las apuestas, Baile Inolvidable es de las favoritas del halftime show.
Éntrele al post-perreo.
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Lo llevó su mamá a X Factor, lo rechazaron. Pero después los "rejects" formaron One Direction. Después Styles se independizó de la banda y como solista tomó un espacio en el pop que me recuerda a lo que Robbie Williams representó en los 90s/00s. Esta canción es la primera de su próximo álbum, que de acuerdo a entrevistas está "inspirado" en LCD Soundsystem. Pero a mí me recuerda mucho a All the Way to China de James Figurine (también en la playlist).
Además Harry Styles — usando pseudónimos — corre maratones en menos de 3 horas. Perro maldito. Hay mucha especulación sobre si las fechas de su gira este año están considerando su participación en los maratones de Tokio, Londres y NY. Pendientes.
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De Chihuahua 🤠 para el mundo 🌍. Ansina es. Norteños haciendo electropop. A esto hemos llegado. Ya no hay valores.
Si no tienen que hacer el 14 de febrero pueden ir a su concierto al Pepsi Center. ¿Que se arme? o ¿qué o cómo?
Bien chisqueados los batos.
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Taji recoge la tradición del indie art rock de finales del siglo pasado y la reactiva sin nostalgia complaciente. Hay ecos claros de bandas ya canónicas como Neutral Milk Hotel y Clap Your Hands and Say Yeah, no como imitación, sino como herencia asumida con conciencia histórica.
La canción avanza con energía y una dosis deliberada de ruido: micrófonos contaminados, saturaciones visibles, errores que no se corrigen. Todo muy en sintonía con la estética del 2025, donde la imperfección vuelve a funcionar como gesto político y no como falla técnica.
Las letras apenas se entienden, las estructuras se deshacen antes de consolidarse, y en ese desvanecimiento se afirma la propuesta. No hay forma cerrada ni mensaje subrayado: hay impulso, desgaste y una negativa clara a sonar limpio para ser aceptable.
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Paranoia, de spill tab y boylife, funciona como un ejercicio consciente de desborde.
En 1995, Brian Eno escribía:
"It's the sound of failure: so much of modern art is the sound of things going out of control, of a medium pushing to its limits and breaking apart."
Aquí, los chavos parten de una rola acústica normalita y la someten a todo el procesamiento posible, hasta llevarla al borde de su propia legibilidad. La guitarra aparece comprimida, con delay, reverb y, de pronto, distorsión, como si el instrumento se resistiera a mantenerse limpio. Las voces pasan por vocoder y capas de coros digitales; las percusiones suenan enteramente artificiales, sin rastro de gesto humano directo.
En el fondo, la estructura es mínima: dos voces y una guitarra. Pero lo que se impone no es la simpleza, sino precisamente the sound of failure. Una especie de trova contemporánea, procesada hasta el agotamiento, pero sin la hueva.
Me Asusta Amar Tanto la Soledad, de Rubio, es una rola que se articula como una evocación directa de la misantropía: ese repliegue cómodo, casi vicioso, que uno aprende a habitar y que, con el tiempo, se vuelve un vicio difícil de abandonar. Pero también hay ahí una conciencia clara de que, eventualmente, hay que salir y entrar en contacto con el otro.
La canción es especialmente interesante porque arranca desde una voz dulce e infantil. En ese primer gesto, Rubio canta sobre la madre:
"Contarle todo lo que siento a mi mamá".
Hay ternura, pero también dependencia. Crecer y dejar de ser infantil es aprender a pensar en el otro. Esa transición queda marcada cuando la voz cambia de registro y aparece la conciencia adulta:
"Cuando me aíslo te hace mal / Yo sé que tengo que atreverme más".
No es confesión complaciente; es reconocimiento de daño y de responsabilidad.
Esa guitarra de doce cuerdas tampoco es juego de niños.
Toda playlist necesita puntos de referencia: piezas que funcionen como anclas, que le hablen al oído del escucha desde un lenguaje reconocible y compartido. En ese sentido, la música de Damon Albarn cumple una función casi estructural. Albarn escribe con método, con un entendimiento profundo de las referencias que activa, y luego invita a otros colaboradores para aderezar lo que ya es una base sólida y bien construida.
La receta, en apariencia, es conocida. Está esa voz deliberadamente inexpresiva, ligeramente antidepresiva, que atraviesa buena parte del catálogo de Gorillaz. Aparece también el ruido evocador de una línea analógica, de cuando los teléfonos todavía servían para hablar y no para todo lo demás. El beat contagioso y eficaz ronda los 130 bpm, lo suficiente para mover el cuerpo sin exigir demasiada atención consciente. En la superficie, no hay nada radicalmente nuevo, y eso no es necesariamente un defecto.
Escuchando con un poco más de cuidado, empiezan a aparecer los matices: el trabajo de Bizarrap y compañía, las trompetas que entran con medida, los coros que amplían el espacio, la contra-voz que dialoga sin imponerse. Son detalles que no buscan robar protagonismo, sino enriquecer una fórmula ya probada.
Albarn domina como pocos el arte de hacer pop que no suena inmediatamente a pop, aunque en el fondo lo sea. Y si todo esto parece tan formuláico, quizá no sea por falta de imaginación, sino por una eficiencia casi industrial en su manera de componer. Albarn opera como una especie de IA de carne y hueso: no porque carezca de sensibilidad, sino porque ha internalizado tan bien el sistema que puede reproducirlo una y otra vez con resultados consistentes.
La pregunta no es si funciona (porque funciona), sino cuántas canciones más puede seguir escribiendo alguien que conoce tan bien las reglas del juego.
"Schadenfreude" es una muestra de Sprechgesang ("hablar cantando", para los que no fueron al conservatorio 🙄), donde la canción aborda el placer culpable ante la desgracia ajena. Él experimenta Schadenfreude al leer una mala crítica hacia la banda de su expareja, por resentimiento tras ser dejado por un "doughnut" (un estúpido para los que no fueron al conservatorio en Londres 🙄). El tema destaca por su bajo crudo y arreglos sugestivos.
Baxter Dury es hijo de Ian Dury, reconocido músico punk inglés. Baxter, de hecho, aparece en una portada de uno de los discos de su papá, New Boots and Panties!! En el ajo desde morro.
El álbum completo (Allbarone) es muy bueno.
Robbery, de A$AP Rocky junto a Doechii, llega después de un silencio prolongado del miembro más visible del A$AP Mob de Harlem, y no es casual que el título funcione como clave de lectura. "Robo" no como delito aislado, sino como gesto cultural, como método y como debate heredado. La canción nos devuelve a una discusión central de finales del siglo pasado: si samplear constituye una forma legítima de creación artística. La respuesta, a estas alturas, parece clara: lo es. Aquí, la pieza se construye a partir de Caravan, en la versión de Thelonious Monk, que a su vez reinterpreta el trabajo previo de Duke Ellington y Juan Tizol. La genealogía no se oculta; se exhibe como estructura.
En ese sentido, Robbery no es un ejercicio de apropiación encubierta, sino una operación consciente sobre la tradición. El sample funciona como referencia explícita, como reconocimiento de una cadena creativa que atraviesa décadas y géneros. Rocky no pretende borrar el origen del material, sino activarlo dentro de otro contexto industrial y estético, donde el hip-hop opera desde hace tiempo como archivo vivo.
La letra se mueve entre la moda, el gusto y la apropiación, jugando con la ambigüedad del "robo" en múltiples niveles. Se habla de ser robado (estéticamente, simbólicamente) y a mitad de la canción se enuncia de forma directa: "esto es un robo". Algunos se salvan, otros quedan expuestos. La canción no aclara quiénes son unos y otros, ni falta que hace. En la cultura contemporánea, especialmente entre los chavos, el mayor homenaje sigue siendo que alguien más edite, remezcle o "robe" tu material. La copia se vuelve validación.
Hay, además, otro desplazamiento del término: el robo afectivo, corporal, íntimo. La canción condensa esa doble lectura donde el despojo es también deseo. Todo esto adquiere una resonancia particular en el presente, cuando la inteligencia artificial entra en escena. La IA no piensa ni crea: recompone, extrae, roba. Pero no tiene autonomía. El verdadero ladrón —conviene recordarlo— sigue siendo quien decide qué tomar, cómo hacerlo y con qué intención. El que está detrás del teclado, como yo.